Cuba: Las Harley Davidson también pueden ser revolucionarias

El característico rugido de los motores anuncia su llegada antes de que las motos sean siquiera avistadas. Despacio, para que queden bien impregnados en la retina todos los detalles de las cuidadísimas Harley Davidson, los motociclistas desfilan en grupos de a dos por el Malecón de La Habana, pasando por delante de la Oficina de Intereses de Estados Unidos y la estatua de José Martí que apunta con su dedo acusador a la sede representante del “imperio”.
Y es que aunque la Harley Davidson sea uno de los símbolos del “american way of life” que tanto denosta Cuba, la pasión por esta moto trasciende fronteras e ideologías y se halla profundamente arraigada en la isla comunista que defiende que el furor por estas máquinas es compatible con ser un buen “revolucionario”.
“Para nada tiene que ver que tengamos una moto americana, al contrario, participamos en el desfile del 1 de Mayo invitados por el gobierno, en obras sociales... nos hemos incorporado a la ‘Batalla de Ideas’” de Fidel Castro, afirma Lázaro Broton, de la occidental provincia de Matanzas y dueño de una de las más de 120 Harleys que circulan en la isla.
Tampoco Lázaro William González, presidente de la Escudería de Motos Clásicas Inglesas (porque en este museo rodante que es Cuba no todo son Harleys) de La Habana, ve contradicción alguna.
“Yo fui 15 años oficial de las Fuerzas Armadas”, explica enfundado en su chaleco de cuero y bandana con el distintivo Harley bien visible.
Es más, indica, todos los motociclistas de Cuba tienen un referente bien revolucionario: el mismísimo Che Guevara, quien con su viaje por América Latina a bordo de una Norton junto a su amigo Alberto Granado es todo un símbolo para estos aficionados cubanos a las dos ruedas clásicas.
“La historia del Che me la sé casi de memoria”, afirma mostrando el lugar destacado que la chapa con la efigie del guerrillero ocupa en su pechera, atiborrada por lo demás de símbolos moteros.
De hecho, señala, incluso el hijo menor del guerrillero argentino-revolucionario, Ernesto Guevara March, es uno de los “moteros” de la isla.
“Ernestito anda con nosotros, tiene una Harley Davidson y es un motero”. En octubre del año pasado, para la conmemoración del 40 aniversario del Che, 40 motos, entre ellas numerosas Harleys, recorrieron el trayecto de La Habana a la ciudad de Santa Clara donde se erige su mausoleo, y entre ellos figuraba el hijo menor del “guerrillero heroico”, recuerda.
Pero el cuidado de estas motos clásicas en Cuba requiere de algo más que pasión revolucionaria.
El embargo estadounidense que impide la adquisición de repuestos y el escaso presupuesto con que cuentan sus dueños -el salario medio cubano no llega a los 20 dólares-, aunque por su condición mayoritaria de mecánicos tienen algunas fuentes de ingreso extras, hace que los motociclistas cubanos se las vean y deseen para mantener sus motos en perfecto estado.
“Para mantener la moto así casi no hay tiempo libre, no se duerme muy tranquilo, siempre pensando en la pieza, el problema, en cómo mejorar la moto”, reconoce Lázaro Broton mirando a su reluciente Harley de 1947.
“Es difícil traer piezas, ha habido no sólo que fabricarlas, ha habido que restaurar piezas originales”, explica.
“No tenemos las mismas condiciones ni presupuestos, nosotros lo logramos a base de sacrificios”, corrobora Richard, dueño de una BSA del ‘58 “original completa”, puntualiza orgulloso este mecánico dedicado desde hace 24 años en cuerpo y alma a las dos ruedas.
Paradójicamente, el hecho de que sea tan difícil adquirir repuestos, por no decir nuevas motos, ha hecho que Cuba se convierta en un verdadero paraíso para los amantes de los coches y motocicletas clásicas, muchas de las cuales, de más de medio siglo, en otro país estarían antes en un museo que rodando todavía por las calles.
Pero si algo saben hacer los cubanos es “inventar” o “resolver”, como denominan la búsqueda de alternativas para salir al paso de su día a día o, en este caso, hallar el modo de conseguir las piezas necesarias, ya sea gracias a “amigos” que se las traen del extranjero o aprendiendo a fabricarlas ellos mismos.
Entre los pioneros de esta pasión por las motos en Cuba figuran los ya fallecidos José Lorenzo “Pepe Milésima” y Jesús Silveira “Chucho”. Por ello, cada tercer domingo de junio, en el Día de los Padres cubano, moteros de toda la isla se congregan en La Habana para rendirles homenaje en el Cementerio Colón donde reposan sus restos.
Es un día en el que el principal camposanto de La Habana bulle de gente que aprovecha el festivo para visitar a sus seres queridos. El tráfico está totalmente prohibido salvo para los coches fúnebres que entran hasta la iglesia del recinto.
Sin embargo, a primera hora de la mañana, un zumbido de potentes motores se empieza a escuchar a lo lejos y la gente abre rápidamente un amplio pasillo en la avenida principal del cementerio. Poco después, aparecen medio centenar de motos clásicas, Harleys, pero también BSA y Norton, entre otras marcas de catálogo, que seguidas de varios coches antiguos y también en perfecto estado desfilan lentamente haciendo rugir sus motores.
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Pasado el minuto de silencio en honor a los fallecidos, muchos se dispersan por el cementerio para aprovechar y visitar la tumba de un familiar, mientras otros hacen rugir sus motores, charlan con los “compañeros”, muestran orgullosos sus motos a los curiosos -sin tocar, eso sí- y, con el rabillo del ojo, vigilan qué novedades ha incorporado cada uno a la “niña de sus ojos”.
“Mantenemos esto por el amor que le tenemos, es como un juguete para mí. Ella duerme dentro de mi casa”, asegura Richard mientras acaricia reverencialmente su BSA.
“Primero las motos y después las mujeres”, afirma mientras Yeni, su esposa y también motera fanática, ríe afirmativamente. Y no es el único en sentir así.
“Es la primera esposa mía”, afirma José “Pipín” de su flamante Harley gris. “Duerme en el cuarto de al lado mío”.
En un país donde apenas existen agrupaciones fuera del aparato del Estado, los motociclistas tienen tres asociaciones que además se interrelacionan a menudo.
“Somos una hermandad”, afirma Lázaro González. Y pese a la fama de “chicos malos” que con tanto cuero, bandanas y botas suelen tener los motociclistas en muchas partes del mundo, en Cuba, curiosamente, gozan de un fuerte respeto, asegura.
“Somos respetados, no es lo que piensan en otros sitios de que el motorista es un delincuente, un bandido. Aquí hay desde estudiantes hasta obreros, guardias, oficiales, miembros del Partido (Comunista) y todos somos una familia, somos gente de pueblo y gente querida del pueblo”.

Articulo de Silvia Ayuso para el periodico on line La Gaceta

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