PARA SOLITARIO MECANICO, CUBA AUN ES UN PARAISO DE GRANDES MOTOS

Pero Morales ya ha oído todos los chistes, y ni uno solo hace que él aparte los ojos de su trabajo. Tan sólo pasa el cigarrillo de un lado al otro de su boca mientras sus dedos giran y acarician las herramientas frente a él, dándole nueva vida a una de las pocas motocicletas Harley-Davidson que siguen existiendo en Cuba.

LA HABANA.- Los amigos de Sergio Morales lo codean gentilmente por la tierra debajo de sus uñas y la grasa que llena cada línea de sus manos de 58 años. La grasa ha estado ahí por tanto tiempo, le dicen, que debe preceder a la revolución de Fidel Castro.

Pero Morales ya ha oído todos los chistes, y ni uno solo hace que él aparte los ojos de su trabajo.

Tan sólo pasa el cigarrillo de un lado al otro de su boca mientras sus dedos giran y acarician las herramientas frente a él, dándole nueva vida a una de las pocas motocicletas Harley-Davidson que siguen existiendo en Cuba. Al igual que Morales, y posiblemente la grasa en sus manos, ellas también son de una fecha anterior a la Revolución de 1959.

Morales es el último mecánico aquí que se gana la vida reparándolas a la manera tradicional de Cuba, con partes hechas en casa a fin de preservar una pepita de la historia estadounidense en los callejones de La Habana.

Se cree que las Harley llegaron a Cuba apenas en los años 20, con base en informes de Martin Jack Rosenblum, el ex historiador de la Harley-Davidson Motor Co. Durables y potentes, se convirtieron en un elemento de rutina de las fuerzas armadas y la policía.

Pero, después de la Revolución -- y del embargo estadounidense que le siguió _, el suministro de Harley y sus refacciones se agotó. Al poco tiempo, la mayoría de las motocicletas decayeron o fueron sacadas de contrabando de Cuba. Hoy día, dijo Morales, hay menos de 100 en la isla. Si son bien cuidadas, sin embargo, todo parece indicar que las viejas Harley durarán por siempre.

"Estos motores prácticamente son inmortales", dijo Morales, agregando que la reconstrucción de motores le toma entre uno y dos años, dada la necesidad de crear sus propias refacciones.

La propia aventura amorosa de Morales con las Harley empezó en 1972, cuando empezó a jugar con ellas como un joven mecánico. Desde 1959, se habían ganado la reputación de motocicletas baratas, aunque resistentes para seguir funcionando. A los agentes de policía les daban la oportunidad de comprarle sus motos al departamento por menos de 40 dólares, a medida que iba bajando lentamente la reserva de casi 2,000 motocicletas Harley en tiempos de la Revolución. Eran mucho más comunes las MZ, fabricadas en Alemania del Este.

"Al principio, nos dimos cuenta que solamente las necesitábamos para transportarnos", dijo Morales, refiriéndose a las Harley. "No podríamos comprar las MZ -- tenías que ser estudiante -- y no contábamos con suficiente dinero. Entonces, nos empezaron a gustar porque eran motos resistentes. Incluso sin nuevas refacciones, encontramos la forma de hacer que duraran las viejas".

Luego de aprender consejos de unos cuantos mecánicos viejos que habían trabajado alguna vez para Harley-Davidson en Cuba y creando sus propias refacciones a partir de fragmentos de los baratos automóviles de los comunistas por toda Cuba, Morales empezó a entender las Harley de la misma forma que otras personas aprendían a tocar instrumentos musicales.

"Debe haber sido el único país del mundo en el cual los pobres podían comprar motos Harley", destacó Morales.

Sin embargo, la primera Harley que él compró no fue una que estuviera al alcance del bolsillo de todos. Encontró un Knucklehead Servicar de 1946. Los Servicars, usados originalmente por mecánicos para atender llamados a casas, estaban adaptados con tres ruedas y una pequeña caja en la parte trasera para cargar refacciones y herramientas. Morales tenía que tenerlo pero, debido a que estaba en excelente condición, gastó no 40 sino 1,200 dólares, lo cual equivalía a seis meses de su salario en esa época.

"En Cuba, es una relación por entero diferente", destacó Rosenblum. "No se trata de la veneración al componente artístico de la máquina como una escultura rodante, sino una reverencia por la motocicleta como algo emocionante y útil".

Hay tan pocas Knucklehead 1946 en condiciones útiles en Estados Unidos hoy día, que resulta difícil saber en cuánto se vendería una. Lo más probable es que cualquier moto que hubiera logrado sobrevivir estuviera resguardada en la seguridad de un museo, dijo Rosenblum. La Knucklehead de Morales actualmente yace afuera de su casa sobre bloques de cemento -- él le estaba reparando las llantas -- dándole un poco de sombra a un perro. Él dijo que estaría de vuelta en el camino pronto, corriendo tan bien como siempre, con el nombre de Súper Abuela.

Por supuesto, la Súper Abuela ha pasado por algunas cirugías plásticas. Una vez, Morales le adaptó una caja con un par de pequeñas bancas, para que así pudiera transportar a su familia, llevando dos al frente y seis más en la parte trasera.

"Si hacías eso en Estados Unidos, Dios mío", dijo Rosenblum, riendo, "los cobradores te daban cacería y te flagelaban".

La motocicletas personal de Morales es una Panhead modelo 1950, bautizada El Indio, que él mismo compró en 1986 por 1,000 dólares luego de vender su Flathead modelo 1945. La moto, que fácilmente podría venderse por 10,000 dólares en Estados Unidos hoy día, sigue teniendo la mayoría de sus partes originales. Las llantas, sin embargo, se tomaron prestadas de un Skoda, un automóvil checo. Morales incluso adaptó la motocicleta con un coche lateral, un sidecar, levantando el chasis de un coche Ural de fabricación soviética, para luego diseñar una copia casera de una carrocería de Harley.

El Indio vive en la sala de Morales. El pequeño cuarto con salpicaduras de grasa, con puertas dobles que abren directamente a la calle, es donde Morales lleva a cabo la mayoría de su trabajo, sentándose en un pequeño banco, rodeado de refacciones, algunas originales, otras de fabricación casera. Él mete y saca sus motocicletas a la desigual grava afuera, mientras su esposa se para sobre y en torno a los nueve motores que están por todo el cuarto.

"Así hemos estado viviendo desde hace ya 36 años", dijo, encogiendo los hombros.

En los muros, Morales tiene banderas de Estados Unidos, unas cuantas placas de asociaciones de motociclistas y una gran placa que dice: "Dios creó el mundo en siete días, y en el octavo, creó la Harley-Davidson".

Adquirió la mayoría de sus objetos de interés a lo largo de las últimas dos décadas, después que la Guerra Fría empezara a descongelarse. Cuando empezó a llegar un estrecho flujo de información proveniente de Occidente más o menos por 1990, Morales pudo hacerse de un manual de reparaciones Harley-Davidson. Eran las primeras instrucciones escritas sobre el cuidado de una Harley que él hubiera visto por escrito alguna vez.

"Aprendimos muchos detalles técnicos de importancia", destacó Morales. "Pero ya habíamos aprendido prácticamente todo tan sólo de hacerlo".

1 comentario:

freebird dijo...

Guapo blog compañero! con tu permiso te agrego al mio...

Un saludo.

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